Desde el foso:"¡Un dingo se llevó a mi hija!"
Por: DANIEL SAMPER PIZANO |
En 1980, una madre australiana acusada de asesinato suscitó polémicas mundiales. Hoy, con todo aclarado, este famoso caso puede servir como lección en muchos procesos judiciales.
El 16 de agosto de 1980, hace 32 años, Michael Chamberlain, su mujer, Lindy, y sus tres hijos ―de seis años, cuatro años y nueve semanas― llegaron a Uluru, una zona desértica de la Australia central muy visitada por excursionistas. Allí se levanta la roca de Ayers, una piedra rojiza tan grande como un estadio a la que los aborígenes del lugar atribuyen propiedades mágicas.
Al igual que otras familias, los Chamberlain habían realizado un largo viaje en carro desde el pueblo minero donde Michael era pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Él y Lindy se habían conocido en el templo y llevaban casados diez años. Al cabo de tres días de carretera, finalmente pudieron montar su carpa y se prepararon para pasar vacaciones frente a uno de los más formidables fenómenos naturales del continente.
El 17, al caer la tarde y con los últimos reflejos del sol, los Chamberlain conversaban con algunos vecinos en torno a una barbacoa. Lindy alzaba a Azaria, la bebé de nueve meses. Con ella en brazos habían visitado esa mañana la roca y explorado una famosa cueva llamada 'de la Fertilidad'. Durante el paseo, Lindy vio y espantó un dingo. Según el diccionario de María Moliner, se trata de "un mamífero cánido de pelaje amarillento o rojizo que habita en Australia". Otros lo definen como el lobo australiano o perro salvaje de las praderas de Oceanía.
Más tarde, cuando comían, se dejó ver otro dingo que husmeaba atraído por el olor a carne asada. Michael le tiró un trozo de pan, pero el animal lo desdeñó y prefirió perseguir y atrapar un ratón de campo.
A eso de las ocho, Lindy decidió que era hora de acostar a su hija y se marchó con ella y con el niño de cuatro años. Diez minutos después, los dos críos dormían y la mamá volvió a unirse a la tertulia de vecinos. Poco después Lindy oyó un grito procedente de la carpa, situada a quince o veinte metros de distancia. Corrió a ver que acontecía y regresó gritando alarmada:
-¡Un dingo se llevó a mi hija!
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