Los pájaros del profesor Francisco Piedrahita
Por: ANDRÉS ARIAS | 10:37 a.m. | 04 de Agosto del 2011
¿Qué tanto cambió su vida tras la odisea que vivió por tratar de fotografiar un pato?
Lo que Francisco Piedrahita escribió durante los cinco días que estuvo en una isla en medio del pantano, en el parque Jean Lafitte, no muy lejos de Nueva Orleans (Estados Unidos), bien dice el tipo de persona que es. Otro se hubiese fajado una carta de despedida del mundo, o acaso una oración pidiéndole a Dios misericordia. Pero Piedrahita, rector de la universidad Icesi, del Valle del Cauca, no. Esculcó en su billetera en busca de papeles en blanco, hasta que reparó en el límpido respaldo de dos o tres facturas que conservaba. Y en una de ellas escribió sobre...bueno, sobre cómo a algunas universidades de hoy les interesa más la Ebitda (medida financiera de flujo de caja), que la calidad de la educación que ofrecen, o el éxito profesional de sus egresados. Es más, allí, en medio de la nada y a lo mejor con uno que otro cocodrilo rondándolo, se emocionó al pensar que tenía entre manos el tema de todo un artículo. Hoy, casi dos meses y medio después, está a punto de terminarlo.
Otra de las notas sí tenía una preocupación más obvia. Pero de nuevo el centro no era él; tenía más que ver con lo que podría estar sucediendo a 3.281 kilómetros de allí, en Cali. Piedrahita se preguntaba qué pensaría su esposa al no recibir la llamada que él había prometido hacerle antes de salir para Colombia, y, sobre todo, cómo reaccionaría ella cuando él no llegara en el avión prometido.
En 1995, el hijo de ambos, Gabriel, de 22 años, que vivía en Nueva York y venía a pasar la Navidad con la familia, había muerto en un accidente aéreo poco antes de que el avión aterrizara en Cali. Francisco, que había acordado recogerlo, fue quien debió darle la noticia a su esposa: llegar muy tarde, en la noche, a la casa, despertarla y decirle que... Eso era lo que le angustiaba durante las primeras horas en aquella isla de tres metros por un metro y medio, eso era lo que no le dejaba respirar. Que su esposa de nuevo despertara, hiciera una pregunta y tuviera por respuesta una ausencia. Dieciséis años después, otro golpe de hielo.
Extraviado, rodeado de pantano, Piedrahita se preocupaba por los demás: por su familia, por la educación en Colombia, por los valores perdidos. El resto del tiempo se le iba en lo práctico, en qué comer, en cómo sobrevivir, en cómo encontrar la ruta de regreso.
No es un hombre de desesperos ni de depresiones. Tiene el pragmatismo puro de un ingeniero industrial. Por eso se sorprende cuando la gente hoy lo mira como a un héroe o le pregunta si le quedó algún tipo de trauma. Para él se trató de un suceso más, de un escollo que apareció y que tuvo que superar, pero no quedó ligado negativamente a lo sucedido. Está lejos de tener pesadillas con cocodrilos o de empezar a sudar cuando le hablan de serpientes y pantanos. Todo lo contrario: no ve la hora de emprender camino hacia otro parque lejano, se muere de ganas de coger la cámara e irse a tomar fotos de las aves que jamás ha visto.
Es un pragmatismo inherente a su personalidad, pero también de los golpes de la vida: después de lo que atravesó tras la muerte de su hijo, cinco días de hambre y soledad en la mitad de la nada, aunque horribles y pavorosos, para él tienen más de anécdota que de shock o de conmoción duradera.
El pato
El Parque de las Garzas, a unas cuadras de la iglesia La María, donde el 30 de mayo del 99 el ELN se alzó con cientos de personas, tiene una extensión de más o menos cinco hectáreas. Era no más que un campo abandonado, una de esas zonas verdes que las empresas constructoras se ven obligadas a ceder. Tras la tragedia del avión en el que venía Gabriel, el hijo de Piedrahita, los familiares de las víctimas decidieron adoptar el lugar y convertirlo en un espacio de servicio público en honor de sus seres queridos. Francisco y Claudia, su esposa, se entregaron con pasión en la siembra de cada árbol, de cada planta, en la labor de convertir un potrero en lo que es hoy: algo cercano al paraíso. "Y fue ahí donde mi interés por la observación de las aves se terminó de desarrollar -dice Francisco ahora, sentado en el jardín de su casa de Pance. Luce rozagante; nada queda de aquel hombre flaco y enfermo, con la piel repleta de picaduras, que los cuerpos de rescate hallaron en el Parque Jean Lafitte-. Cuando vivíamos en Estados Unidos, mi esposa y yo vimos un aviso de un señor que invitaba a observar aves en época de migración. Fuimos y nos encantó. Me empecé a interesar, pero sin ningún ímpetu. Fue aquí, en el Parque de las Garzas, donde realmente arranqué a...".
Donde arrancó a apasionarse. Afinó el ojo y empezó a descubrir, con un solo vistazo, tres especies en la rama de un árbol que para el resto del mundo estaba vacía.
Inició una inmensa colección de libros sobre el tema ("mide kilómetros", dice) y hasta cambió el estilo de sus viajes por Colombia y por el mundo. Fueran a donde fueran, él y su esposa, a quien también le encantan las aves, pero que siente especial fascinación por las plantas y sobre todo por las orquídeas, comenzaron a buscar parajes en los que pudieran observar pájaros, al menos durante un día del viaje.
La fotografía vendría un poco después, y se volvería necesaria, ineludible. Tanto que ahora, si Piedrahita ha visto un ave, pero no la ha registrado con la cámara, es como si no hubiera pasado ante sus ojos. Aclara, eso sí, que no es un fotógrafo profesional, ni mucho menos. Que lo suyo es un pasatiempo, una pasión eterna, porque después de tener la foto de tal ave la prueba no está superada. El siguiente escalón es volver a hallar el animal y tomarle una imagen aún mejor.
El viernes 20 de mayo, tras salir de una reunión de trabajo en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, Piedrahita y su equipo en el Icesi decidieron dar una caminata. Él, que nunca anda sin cámara, de pronto reparó en lo que ninguno de sus compañeros había visto: entre las plantas, había un ejemplar hembra del pato de madera (wood duck, colorida ave, típica de la región). Emocionado, le tomó una foto.
Qué iba a imaginar que menos de 24 horas después, por ponerse a buscar al macho de la misma especie, terminaría en las noticias y oraciones de toda Colombia.
El parque
Dice que, en Cali, antes de emprender el viaje a Nueva Orleans, no tuvo ningún mal presentimiento; es más, asegura no conocerlos, no saber de eso. Estaba feliz de ir a trabajar y de poder encontrar, como ya es su costumbre, un día para las aves. Mientras sus compañeros tomaban el avión de regreso a Colombia el sábado en la mañana, él aprovecharía el día para ir a algún parque y se devolvería al anochecer. En Internet encontró el Jean Lafitte y le pareció perfecto: estaba a minutos de la ciudad.
El sábado 21 alquiló un taxi y a eso de las ocho y cuarto ya estaba en el parque. Tuvo que esperar hasta las nueve, a que abrieran las puertas. Entró, pidió información y le dieron un mapa. Un mapa al que... bueno, le faltaba un datico. No buscaba nada en concreto, no iba con el fin claro de conocer o fotografiar a un ave precisa. Quería caminar, llenarse de oxígeno, dejarse sorprender, dispararle con su cámara a lo que fuera apareciendo. En ésas se le fue la mañana. Le había pedido al taxista que lo esperara, así que estaba tranquilo. Con calma, se dedicó a recorrer la parte noroccidental del parque. Hoy recuerda que durante esas horas por primera vez fotografió un mapache y que se encantó con los bayous, esas corrientes de agua muy lentas, típicas de esa zona del Misisipi.
Al mediodía regresó y almorzó con el taxista en un restaurante de la reserva. "Él decía que se sentía mal y que no tenía mucha hambre, pero se comió unos fríjoles con costilla ¿dice¿. Yo me comí una milanesa de pollo con pasta. Hablamos muy poco, porque me costaba entender su acento, así que me concentré en el mapa que me habían dado cuando entré al parque, y leí que a 700 metros de donde estábamos, siguiendo un sendero de grava (lo que me daba a entender que no era para nada húmedo) habían unos estanques donde se encontraban los patos de madera. Entonces recordé la foto que había tomado el día anterior en la Universidad de Tulane, pensé en buscar el ejemplar macho, miré el reloj y me di cuenta de que tenía tiempo, así que le dije al taxista que en una hora volvía, que ya venía".
Debió haberle dicho para dónde iba, pero sentía que era tan cerca, tan a la mano, y se le dificultaba tanto comunicarse con el hombre, que dejó así y se fue. Grave error. Uno más: iba tan confiado que no llevó celular. Si Francisco Piedrahita no hubiera cometido ninguno de esos dos traspiés no sería hoy un hombre reconocido en todo el país y usted no estaría leyendo este artículo.
Pero así fue. Echó a andar y después de un rato, no muy largo, el camino se acabó, desapareció, y se convirtió en un área abierta. Piedrahita empezó a buscar los estanques. Como no los halló ahí, los buscó a los lados, y de pronto... pisó pantano. La gran falla del mapa que le dieron cuando entró al parque era que nunca anunciaba que el fin del sendero estaba rodeado de un inmensísimo pantano.
La isla
El cielo estaba despejadísimo, alcanzaba a escuchar el sonido de los carros, se sentía orientado: sabía de dónde venía, dónde debía estar el taxista esperándolo. El problema consistía en que ya no hallaba el camino: solo pantano. No, ni siquiera pantano: bastaba que diera un segundo paso para que medio cuerpo se le hundiera entre el lodo.
No podía caminar, entonces, en línea recta hacia su origen. Debía dar una gran vuelta, pensaba, rodeando el pantano como se rodea un lago. Se armó de dos palos y se puso en ésas. Usó como puentes los troncos que encontró caídos y empezó a moverse hacia el norte. Fueron cuatro largas horas de lucha. Eran las siete y media, casi las ocho, ya iba a oscurecer, cuando se dio cuenta de que su estrategia no había funcionado, cuando aceptó que el pantano era inmenso, interminable, y que, por más que luchara, nunca iba a poder rodearlo. Entonces reparó en la existencia de una islita, y se quedó en ella.
Pasó ahí el resto de los días que estuvo perdido. Fue ahí donde cayó en cuenta de que la zona estaba infestada de cocodrilos que lo hubieran podido atacar mientras intentaba rodear el pantano y mientras intentaba sobrevivir en la isla (ya había visto uno mientras almorzaba con el taxista), fue ahí donde pensó en lo que diría su esposa al despertarse y encontrarse con la noticia de que él no había llegado, fue ahí donde pensó en la educación en Colombia, fue ahí donde se enteró de lo cumplidos que son los insectos... "Nunca dormí, solo a raticos, porque los moscos eran absolutamente insoportables.
Era como tratar de dormir con vuvuzuelas en las orejas. Los tábanos amarillos llegaban a las siete de la noche en punto, y de ocho de la noche a ocho de la mañana comenzaba el ataque de los zancudos", recuerda.
El domingo, a las diez de la mañana, escuchó las primeras sirenas, lo que le confirmó que el taxista sí había avisado que él no aparecía. Una hora después, ladró un perro y alguien gritó; él respondió, no lo escucharon. Después vio pasar un helicóptero. Otros más pasarían durante los días siguientes. Pero serían cada vez menos y lo que terminaría reinando sería el sonido de la naturaleza: el chirrido de la nada.
Mientras tanto, los temores de Piedrahita irían cambiando. Se olvidó de los cocodrilos y al tercer día empezó a pensar: "¿Y qué pasa si me deshidrato? ¿Y si mi cerebro se ve afectado por la falta de agua?". Aquello vino acompañado de una terrible sed que lo custodiaba desde que había llegado a la isla. Solucionó -bueno, es un decir- el hambre comiendo diariamente ocho alguitas de las pocas que había en la orilla de la isla, pero la sed comenzaba a matarlo, a obsesionarlo.
Igual que un náufrago a la deriva: rodeado de agua y sin poder beber una gota. Fue en ese momento que decidió tomar orines. "Me extrañaba que, después de tres días sin tomar nada, yo siguiera orinando -dice-. Entonces supe que estaba perdiendo agua, que me estaba secando y me decidí. Tomé poquitos orines porque me daba miedo, pero fue ahí que me dije: 'Tengo que salirme de aquí, porque me voy a morir'". El miércoles, al mediodía, dejó atrás la soledad de la islita. Salió sin ningún rumbo.
De nuevo, anduvo tal y como cinco días atrás: usando palos caídos como puentes. Recuerda que llevaba un poco más de una hora de camino cuando vio un helicóptero (no lo sabía, pero su búsqueda había crecido sustancialmente, e incluía a cinco cuerpos de investigación de los Estados Unidos). Atinó, entonces, a dispararle a la nave dos veces con el flash de la cámara. Sonrió cuando notó que esta vez sí lo habían visto.
El recibimiento
La escritora mexicana Ana María Arrabaté y Cervi se hizo famosa con un poema que en uno de sus apartados reza «Si deseas decir "Te quiero" a la gente de tu casa, al amigo cerca o lejos, en vida, hermano, en vida... No esperes a que se muera la gente para quererla y hacerle sentir tu afecto: en vida, hermano, en vida...». Piedrahita asegura que este texto expresa como ninguno lo que han sido sus días desde que llegó a Cali, tras su desaparición en el parque Jean Lafitte. "Siempre se espera al entierro de las personas para decirles cosas bonitas, pero a mí me las han dicho estando vivo", y trae a colación el recibimiento -desproporcionado, dice- que le hicieron en Icesi: pancartas que decían: "Un pajarito nos contó que volvería. Bienvenido, rector", cientos de reproducciones de patos de madera por todas partes y, sobre todo, la alegría, la emoción de los estudiantes.
Llegó a la rectoría de esa universidad hace quince años, después de más de 26 en Carvajal, empresa en la que había pasado por todos los cargos, incluyendo la presidencia de dos filiales (Florida y Puerto Rico).
Era uno de los hombres fuertes, cercano a la cabeza, del grupo editorial y de impresión, cuando, tras la muerte de su hijo, todo cambió. Era como si Piedrahita necesitara reinventarse para lograr sobrevivir. A inicios del 96, al tiempo que empezaba a poner su empeño en el Parque de las Garzas, dejó atrás Carvajal y se metió en el mundo universitario.
"A los tres o cuatro meses de la muerte de Gabriel, me dijeron que el rector del Icesi se retiraba y le estaban buscando un sucesor -relata-. Por la noche lo hablé con mi mujer y al día siguiente le pregunté al director de la junta de la universidad, que era mi amigo de toda la vida, qué perfil estaban buscando y le dije que me interesaba. Y me respondió: '¿Y quién habla con Adolfo?'.
Se refería a Adolfo Carvajal, que era mi jefe y además algo así como el mecenas del Icesi.
Le respondí que, si estaba de acuerdo, yo lo hacía. Entonces fui donde Adolfo y le dije que...que necesitaba un traslado (risas). Él entendió lo que yo estaba viviendo y estuvo de acuerdo". Ya había dado clases, pero ahora sí se introdujo de cabeza en la enseñanza. De la mano de un equipo al que le tiene un cariño inmenso, cambió el perfil del Icesi (que era el de una escuela de administración), por algo más amplio y lo convirtió en una universidad con cinco facultades: una de ingeniería, una de derecho, una de ciencias naturales, una de ciencias de la salud y una de administración, que, eso sí, sigue siendo la más fuerte.
Este caleño de 65 años, que perdió a su padre a los quince y recuerda -con arrepentimiento, hay que decirlo- que en la niñez mataba pájaros a punta de cauchera en la finca de la vereda Las Nieves, habla de educación y se apasiona: le brillan los ojos y empieza a sonreír. No por nada pensó en ese tema mientras estaba perdido en un pantano. Pero no se ha olvidado del todo de su otro flanco, del empresarial: durante siete años hizo parte del consejo de la organización Corona y hoy es miembro de las juntas directivas de Manuelita, Tecnoquímicas y la fundación Valle del Lili. Dice que no le interesa la política -"solamente como observador", aclara-, sin embargo apenas fue rescatado, algunos le propusieron que se lanzara a la alcaldía de Cali. Él sólo atinó a lanzar una carcajada.
Es que Francisco Piedrahita ríe con facilidad. Como cada vez que, desde que apareció, le regalan un pato de cerámica. Él lo recibe, sonríe, y piensa que, aunque estuvo durante cinco días en un parque supuestamente repleto de patos de madera machos, aún no ha visto ninguno. ¿Habrá que decir que ya tiene clarísima cuál es la próxima ave que quiere fotografiar? «
LO QUE PIEDRAHITA ESCRIBIÓ EN EL PANTANO
«Domingo temprano. Fuera de salir de aquí, desesperado y desfallecido, lo que más me genera urgencia es llamar a Claudia antes de que me eche de menos en la noche, no quiero pensar en la angustia.
Después, cuando sé que me busquen, me pregunto quién esté enterado ya. ¿Saben en el hotel? ¿En Tulane? ¿En Cali? ¿Cómo reaccionan?
¿Cómo le informan a Claudia?».
HABLAN QUIENES LO CONOCEN
La esposa
"Nos conocimos hace cuarenta años. Una prima mía había iniciado algo parecido a un romance. Una noche, me llevó de chaperona y me invitó de parejo a Francisco. La relación de mi prima no prosperó y nosotros sí nos casamos. Él es un hombre bueno, generoso, cariñoso, justo y de carácter recio. Sencillo, necesita muy pocas cosas para ser feliz y tiene un intelecto privilegiado. Siempre está lleno de proyectos, de causas por las que quiere luchar y de ideas para hacer progresar las empresas que acomete o sobre las que le piden actuar. Tiene una capacidad de trabajo y de compromiso extraordinarias. Su afición por los pájaros ha sido una redención, pues le ha permitido distanciarse del trabajo e involucrarse a fondo con la belleza y diversidad de la naturaleza. También lo ha animado a viajar a sitios exóticos y le ha propiciado experiencias, en la mayoría de los casos maravillosas. Quiero decirle que lo quiero y admiro cada día más, que sigue siendo mi compañía preferida y que siempre me parece poco el tiempo que compartimos. Que valoro su criterio y me encanta su enfoque positivo de la vida".
El hijo mayor
"Mi papá se perdió en Nueva Orleans por una combinación de información
incompleta-ambigua en el mapa que tenía, una mala interpretación del mapa por parte de él y el hecho de que cuando está concentrado en buscar un pájaro pierde en alguna medida la noción de tiempo, espacio y alrededores... Él es un hombre equilibrado, abierto, que escucha, pero que no por ello deja de ser firme y, en ocasiones, apasionado. No le da importancia a las cosas materiales y, aunque libre de vanidades, tampoco se siente inferior, particularmente en materia intelectual. Es estudioso y juicioso en lo que hace, no le gusta hacer las cosas a la ligera. No tiene una agenda personal más allá de la de hacer bien su trabajo y contribuir con la sociedad. No es muy bueno para demostrar afecto (aunque mi mamá lo compensa con creces). Puede ser terco cuando se convence de algo o se apasiona, aunque escucha argumentos y es capaz de cambiar de opinión si son convincentes. Al timón de un carro a veces se le olvida que es rector de una universidad y ¡ejemplo para muchos jóvenes! Lo veo en bata, chanclas y escopeta en mano, después de que me mordieran los perros de unos vecinos...Por fortuna, esa vez cambió de planes".
El hijo menor
"Buscar a mi papá en el parque Jean Lafitte trajo a mi memoria la búsqueda de mi hermano en el monte, tras el accidente del avión. Yo tenía trece años. Allá la montaña, la policía, y acá nosotros con la esperanza. Pero esta vez todo sí salió bien. Por estar buscando a su pato, mi papá no estaba consciente del riesgo en el que se estaba metiendo. Él es muy apasionado, no solo con los pájaros, sino con todo. Es racional, es bueno, tiene un corazón enorme, un sentido del deber muy fuerte, no conozco a nadie a quien mi papá no le guste, que diga que mi papá no le cae bien. No es muy expresivo, fue un niño muy tímido y algo le queda de eso. Lo veo enseñándome a jugar fútbol, aunque ni él ni yo fuéramos muy buenos, y exigiéndome en el estudio. Le agitan los temas de política y educación. Eso y los pájaros son sus pasiones".
La amiga
"Lo conocí en el colegio Bolívar, cuando nuestros hijos hacían su bachillerato, hace aproximadamente 18 años. Él es lo que uno llama un buen hombre, un excelente jefe, una persona convencida de que la educación es la vía para mejorar la calidad de vida de las personas. Es apasionado, casi 'intensito'; me gustan su sentido del humor, su sencillez, su sinceridad y su trasparencia. Recuerdo que en una reunión de junta directiva de la Universidad, Francisco se alteró un poquito y yo muy discretamente lo pateé por debajo de la mesa. Bueno, pues él, sin ningún protocolo, me preguntó en voz alta: '¿Por qué me pateas?'. Yo casi me escondo. Pero es que... bueno, él es así".
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