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Portada: El poder de transformación de la Responsabilidad Social

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La Responsabilidad Social Empresarial está renovando el país. El trabajo de María López y la Fundación Semana en El Salado es un buen ejemplo. Crónica de cómo, con imaginación y nuevas formas de entender el servicio social, se puede sacar adelante a un pueblo golpeado por la violencia y la pobreza. Ah, el Estado también se la juega.

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El Salado llevaba dos años convertido en selva. Ni un ser humano, ningún habitante. Nada. Nadie. Puro monte. Aquel corregimiento del municipio de Carmen de Bolívar había dejado de existir el 18 de febrero de 2002 cuando los paramilitares entraron y masacraron a 61 de sus habitantes. Ante ese abandono, los Montes de María, que llevaban siglos rodeando ese pueblo, se lo habían tragado. Era el 20 de febrero de 2002, y setenta y seis de sus antiguos pobladores, contra todos los consejos, sin la compañía del ejército, sin la compañía de nadie, habían decidido regresar. Cansados del papel de desplazados, venían a recuperar su tierra, sus calles, sus casas: a quitárselos a la selva. A rapárselos a la maldita violencia.
Hubieran querido entrar dos días antes, cuando se cumplían dos años exactos de la gran masacre, para darle mayor peso simbólico al acto de valentía que estaban llevando a cabo. Por razones de logística no pudieron. Qué más daba, ya era suficiente con volver. Estaban asustados, cómo no: bien sabían que en cualquier momento, mientras andaban los 19 kilómetros y medio de trocha que iban de la carretera principal hasta El Salado, podían ser atacados por miembros de los frentes 35 o 37 de las Farc o del Bloque Norte de las Autodefensas. Eran conscientes también de que cualquier noche el pueblo podía ser tomado de nuevo por algún grupo armado, que la sangre podía volver a correr. Y, sin embargo, se quedaron.

Ahí siguen. Llegaron setenta y seis, ahora son un poco más de mil.
Dos años atrás los habían obligado a irse. El 16 de febrero de 2000, 450 paramilitares iniciaron el cerco sobre el pueblo y sus cinco veredas. Tal como se lee en el informe de Memoria Histórica Masacre de El Salado: Esa guerra no era nuestra, "El Salado fue convertido por la guerrilla en retaguardia estratégica, pues su posición geográfica permite un despliegue operativo hacia la totalidad de los puntos cardinales en la región". Era, pues, zona común de paso de los insurgentes, y como tantas veces sucedió en nuestro conflicto ¿y a lo mejor sigue sucediendo¿ los paramilitares supusieron que ese solo hecho hacía a los cuatro mil habitantes del pueblo cómplices de la guerrilla, enemigos. Blanco.
Aunque los hombres de las Autodefensas empezaron a asesinar habitantes de la zona el 16 de febrero, y no pararon hasta el 21, el gran acto de horror se dio el 18, en la cancha de fútbol del pueblo. Ahí fue donde mataron a la mayoría de las 61 personas. De la casa de la cultura sacaron tambores, y mientras los tocaban acababan con la vida de Luis Pablo Redondo, Eduardo Novoa, Desiderio Lambraño, Enrique Medina, Emiro Cohen, Jairo Garrido, Óscar Meza, Néstor Tapia, Helen Arrieta, Pedro Torres, Margoth Fernández, Edith Cárdenas, Dora Torres, Rosmira Torres, Francisca Cabrera, Neivis Arrieta, Nayibe Contreras, Ermides Cohen, Libardo Trejos, Roberto Madrid, Marco Caro, José Tapia, Víctor Urueta, Alejandro Alvis, Fredy Montes, Justiniano Pedroza, Carlos Díaz, Edilberto Sierra, Wilfredo Barrios, Rogelio Ramos, José Urueta y Víctor Arias.

No los mataron disparándoles simplemente. Los torturaron, los estrangularon, los desnucaron, los ahorcaron, los reventaron, las violaron... Cualquier excusa era buena para vincularlos con las Farc. Si alguien tenía un pedazo de carne en la casa, esa carne era de ganado robado por la guerrilla: muerto. Si alguien era de la junta de acción comunal, era comunista y por lo tanto guerrillero: muerto. Si alguien tenía un tatuaje, era porque se lo habían hecho en la guerrilla: muerto. Y así.

Muchos se salvaron porque, avisados de que los paramilitares se acercaban, alcanzaron a huir del pueblo. Pero a los que se quedaron les tocó morir o ver cómo les mataban a sus parientes en la cancha de fútbol; mas eso sí, apenas la masacre terminó, los sobrevivientes agarraron a sus hijos y se fueron. El Salado quedó, entonces, absolutamente solo.
Hasta que dos años después aquellos setenta y seis osados se animaron a volver. 

Estoy en El Salado. Julio de 2012. Es de noche y camino sobre la cancha de fútbol. Nadie a mi alrededor. Oigo tambores lejanos: pum, pum, pum. Esta vez es la vida la que suena.

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Jaqueline Cohen es la presidenta de la Mesa de la Cultura de El Salado. Ella, como muchos, se fue en 2000 y volvió en 2002. Y así como tiene clarísimos esos dos años en la mente, también tiene otro: 2009. "Retornamos ¿dice¿, y duramos siete años recibiendo las visitas de muchas organizaciones que nos querían ayudar, pero ningún proyecto se concretaba. El pueblo, en últimas, seguía igual. Entonces en 2009 llegó la Fundación Semana y...". Le brillan los ojos.

¿Y qué es la Fundación Semana? Curiosamente detrás de esta hay un personaje desconocido para la opinión pública, quien fue la responsable de su creación. Se trata de María López, hija única de Felipe López, el dueño de Publicaciones Semana. Pero está lejísimos de la caricatura de la niña rica: María no puede ser más sencilla y más querida; nada que ver con jugar a ser una heredera. Estudió derecho y ciencias políticas en la Universidad de los Andes, y lleva años metida hasta el fondo en temas sociales. Es más, trabajaba con las Naciones Unidas cuando su papá le propuso que entrara a Publicaciones Semana.

"Fue en 2008 ¿recuerda¿. Para mí fue muy raro porque no soy periodista. Él me dijo: 'Quiero que conozcas la empresa y que te familiarices con todas las áreas de la compañía, y si después de un año no encuentras nada que te apasione, tranquila'. El trato era algo así como dos meses en cada área... Fue en el paso por todos los departamentos que me di cuenta de que Publicaciones Semana tenía varios proyectos sociales, pero que funcionaban en forma desarticulada. Por eso pensé que sería conveniente alinear estas iniciativas con la estrategia de la empresa. De ahí nació la idea de montar una unidad de responsabilidad social y una fundación. Fueron varios meses investigando qué se podía hacer.

El país pasaba por una situación muy compleja: estaban entregando las armas los paramilitares y vivíamos un posconflicto dentro del conflicto, algo que seguimos viviendo. La investigación dio como resultado que debíamos trabajar en proyectos relacionados con el posconflicto, porque ese será el tema más importante para Colombia en los próximos años... La idea era encontrar un proyecto en el que participaran en forma articulada tanto el sector público como el privado. Porque es necesario aclarar que El Salado no es un proyecto exclusivamente de la Fundación Semana, es un esfuerzo colectivo donde han participado fundaciones de gran trayectoria como la Fundación Carvajal; sin su asesoría técnica la reconstrucción del tejido social de ese pueblo no hubiera sido posible. Buscamos un sitio que pudiera servir como laboratorio de reparación de cómo sacar adelante una comunidad que había sido destruida por el conflicto armado. Concluimos que el lugar era El Salado. Y digo concluimos porque los verdaderos héroes de este proyecto han sido Alejandro Santos y Claudia García. Él, como director de Semana, se ha puesto la camiseta en la junta directiva de la Fundación y ha sido gran líder de esta iniciativa. Pero nada de esto sería posible sin el trabajo y la convicción de Claudia García, la directora ejecutiva de la fundación. Ella fue quien propuso El Salado como un proyecto que representaría para el país un símbolo de esperanza y ha logrado coordinar a más de 90 entidades que hoy trabajan allí. Cuando uno ve cómo todos los niños de El Salado se le botan cuando ella llega al pueblo, entiende lo que ella significa para esa comunidad". 

María estaba creando por esos días el Departamento de Sostenibilidad de Publicaciones Semana. Ella no habla de responsabilidad social sino de sostenibilidad, que es una manera mucho más amplia de entender el impacto que tiene una empresa en la sociedad y en el medio ambiente. Resulta curioso que una persona de un medio de comunicación importante se haya dedicado a esos asuntos porque por lo general no son noticia y no son temas que se asocien con esta industria. Pero habla del tema con tal pasión que acaba convenciendo al interlocutor de la relevancia que esto tendrá no sólo para Publicaciones Semana sino para todas las empresas de Colombia en el futuro.
Y esa misma pasión la comparte Claudia García, la directora de la Fundación Semana. Para ella tal vez lo más difícil fue generar confianza entre los habitantes de El Salado, conseguir que se abrieran, que le creyeran que ella y la fundación venían realmente a mover el pueblo, a sacarlo al otro lado; no a medio-hacer un edificio, ni a robarse unas ayudas. "Hasta alguna vez me demandaron", dice. Y después añade que todo aquello era, en últimas, comprensible: los saladeños se acostumbraron a temerle a los desconocidos: cualquiera podía ser un paramilitar o un guerrillero. Además, empezaron a dudar de quienes decían querer ayudarlos; durante siete años vieron pasar por el pueblo a cientos de fundaciones y ONG que apenas si dejaron algo y se fueron. Ahora la cosa era distinta: Claudia y su equipo venían a quedarse.
Por cinco años.

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Cuando uno llega a El Salado entiende por qué Claudia no se cansa de repetir que el éxito de una fundación no radica en hacer obras de ingeniería ni en cuantificar cuántos ladrillos se pusieron o cuánto dinero se invirtió. El Salado sigue siendo un lugar pequeñísimo de casitas humildes y calles de arena. Otro pobladito pobre de la costa. El único edificio que llama la atención es la Casa del Pueblo, construida hace poco por el arquitecto Simón Hosie donde antes quedaba la Casa de la Cultura de la que los paramilitares sacaron los tambores que tocaron durante la masacre. Inspirada en los ranchos traseros de las viviendas de la costa, la Casa está dividida en tres espacios: una biblioteca, un salón para los talleres de trabajo y otro para los niños. Es ahora el centro del pueblo. Y al frente está la cancha. Hace algo más de un año, los saladeños la lavaron con agua y cepillos y la declararon campo santo. Ahí está: gris, grande y estremecedora, entre la Casa y la iglesia de pesebre que todavía no tiene sacerdote.
Hay que andar el pueblo, meterse en él, conversar con la gente, pasar el umbral de las casas, para entender por qué se habla tanto del éxito de la Fundación Semana en El Salado. María Carolina Teherán, de diecinueve años, quien hace parte de la Mesa de Cultura, a lo mejor lo resume bien: "Antes de que la fundación llegara éramos muy cerrados; yo no le hubiera hablado. Ahora sí permito que me entreviste", me dice riendo.

María López asegura que una de las claves ha sido no suponer cuáles son los problemas del pueblo, sino preguntárselos a los mismos habitantes. Es de las reuniones con ellos que han salido los proyectos en los que ahora trabaja la Fundación. Aquí van algunos: la carretera, antes intransitable, fue en parte pavimentada; ya hay alcantarillado; hay un jardín infantil y un restaurante escolar; el centro de salud funciona; gracias a microcréditos los habitantes han abierto nuevas tiendas; se están apoyando proyectos de producción de miel y tabaco; habrá un parque agrotecnológico para que los bachilleres se puedan graduar como tecnólogos agropecuarios; hay apoyo a la ganadería y la cría de cerdos; se trabaja en la comercialización de telas inspiradas en las colchas de retazos, así como de novedosas sillas llamadas 'hamadoras' (mezcla de hamacas y mecedoras, diseñadas por Simón Hosie); hay capacitación en internet y programas de computador, y un proyecto radial (el 'burrófono': un burro que lleva encima dos parlantes con música, noticias y entrevistas a los primeros pobladores de El Salado). Además, se trabaja en un gran proyecto para sacar a trescientas familias de la pobreza extrema. "La idea ¿dice María Alejandra Cabal, gerente de la fundación¿ es que cada campesino tenga una hectárea de tierra con cultivos para alimentación propia y para vender". 

Todos estos proyectos ¿y hay más¿ se han venido llevando a cabo de una manera, digámoslo así, bastante especial. Por un lado han sido desarrollados por la misma comunidad: los saladeños han tenido que usar palas y picas y les ha tocado echar cemento y usar carretillas en cada una de las obras: los proyectos son de ellos, ellos mismo tienen que trabajar para sacarlos adelante. La fundación no vino a hacerles, sino a moverlos, a enseñarles que sí se puede. Y por otro lado, el equipo de la fundación gestiona, busca, articula, pero no paga todo; no vinieron a regalar obras, sino a unir sectores, a convocar. "Por ejemplo ¿dice Claudia, directora ejecutiva¿, una cosa es notar que la carretera está vuelta nada. Lo que hacemos nosotros es gestionar con el Ministerio, con el proyecto de vías terciarias, conseguir técnicos de empresas que nos ayudan a hacer buenas infraestructuras. La carretera se hizo, obviamente, con plata del Ministerio de Transporte: ellos abrieron una licitación; pero nosotros nos encargamos permanentemente de articular, presionamos, hicimos un comité de veeduría. No buscamos que las entidades que se unen al proyecto de El Salado donen plata. Es cada uno haciendo lo que sabe hacer. Más ejemplos: Telefónica se mete en el tema de telecomunicaciones, y todo termina en que hay una antena. Pavco se encarga de diseñar el alcantarillado, y entonces tenemos uno. Así han funcionado las cosas. Y han funcionado bien".

La idea de trabajar con un modelo de gestión que buscara que otras fundaciones y empresas se unieran al proyecto no con dinero sino con conocimiento, obras o proyectos, sí estaba clara desde el comienzo. Pero otros aprendizajes ¿que en buena medida son los que han hecho del trabajo en El Salado algo exitoso y un modelo de réplica¿ han aparecido sobre la marcha.
"¿Cuáles son esos aprendizajes?", le pregunto al equipo en una mesa redonda que improvisamos en un rancho, ubicado en la parte trasera de la sede de la fundación. "Hay que vivir en la comunidad", responden casi a coro. Al comienzo iban y venían; pero rápidamente se dieron cuenta de que necesitaban estar 24 horas, mezclarse con la gente del pueblo, convertirse en unos habitantes más si querían entender los problemas y encontrar soluciones; esta era además la única forma de estar completamente pendientes de que los proyectos salieran al otro lado. "La cosa es así: cada una de las cinco personas de la fundación que viven en El Salado está aquí durante seis semanas y tiene una de descanso", dice Diego Suárez, coordinador de desarrollo económico.

"No siempre se necesita dinero", agregan a continuación. Cuentan que en los tres años que llevan en El Salado (les faltan dos: desde el comienzo estuvo claro que se trataba de un proyecto a cinco años) han aprendido que, para generar cambios importantes, a veces basta con el compromiso o con el conocimiento. Y ponen una decena de ejemplos: aquel profesor que se metió en El Salado a darles clases de música a los niños, aquel sastre que les enseñó a coser a las señoras, aquella empresa que donó la página web... Personas y entidades que transformaron una sociedad sin regalar plata. Es más, María López es de las que cree que la solución de la pobreza no se da regalando pescados, sino enseñando a pensar. "Lo que queremos es generar en El Salado un ambiente de empoderamiento de la comunidad", explica.

"El éxito no se mide por la cantidad de obras", continúan. Entonces traen a colación aquellos hospitales que se entregan con todo el despliegue, pero que no cuentan con médicos ni recursos y terminan convertidos en elefantes blancos. En Fundación Semana les interesa quedarse, seguir procesos, conocer el nombre y edad del niño de cada casa y ver si cada habitante de El Salado está saliendo al otro lado o no; les preocupa que el centro de salud, así sea pequeño, funcione bien y tenga una sostenibilidad a largo plazo. Miden el éxito caso por caso, persona por persona, y no a través de cifras globales. Digámoslo así: les interesan más las historias de vida que los edificios y las inauguraciones en las que se ponen placas y se cortan cintas.


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